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Vallas europeas

Europa no puede convertirse en una fortaleza cerrada al exterior, rodeada de conflictos que generan grandes catástrofes
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Hungría, miembro díscolo de la Unión Europea, está terminando de construir una valla de 175 kilómetros y cuatro metros de alto en su frontera con Serbia para detener la inmigración ilegal. Serbia no pertenece a la UE -aún es preciso que sedimenten los últimos odios después de las guerras de los Balcanes- pero ingresará inexorablemente más pronto que tarde. Y los inmigrantes que cruzan esta frontera, unos 1.500 diarios, no van a Hungría sino más allá, a Austria o Alemania, por lo que Hungría es hoy el país de la UE con menor población extranjera, menos del 1,5%. Las críticas europeas y de Naciones Unidas a este muro, que recuerda el Telón de Acero, erigido por el primer ministro ultranacionalista Víctor Orban, no han hecho mella en Budapest. Al contrario, los húngaros aducen que Bulgaria levantó hace poco un muro de 160 kilómetros en su frontera con Turquía, semejante al que Grecia también ha erigido frente a los turcos. Y el ministro de Exteriores húngaro, Péter Szijjártó, ha recordado que «también ciudades españolas en el norte de África se defienden así frente a la presión migratoria». Europa no puede convertirse en una fortaleza cerrada al exterior, rodeada de conflictos que generan grandes catástrofes humanitarias, sin acabar pagando un alto precio por ello. No es posible ser a medio plazo una gran potencia sin gestionar el contexto internacional, sin intervenir en el hinterland, sin contribuir activamente a la paz internacional.

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