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Opinion EDITORIAL

Volvemos a la casilla de salida

Lamentablemente todas las propuestas encaminadas a pedir diálogo son como predicar en el desierto.

Diari de Tarragona

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Seguimos por el peor de los caminos para encontrar una solución al conflicto catalán. La mayoría independentista del Parlament ha dado otro paso atrás en la recuperación del Govern de la Generalitat y, a raíz de la detención de Carles Puigdemont en Alemania, lo que debía ser un pleno de investidura de un candidato no incurso en procesos judiciales, se convirtió en un acto de reafirmación del derecho de Puigdemont, Sánchez y Turull a ser investidos como presidentes de la Generalitat. Las dos resoluciones del Parlament están cargadas de simbolismo y no cabía esperar otra actitud por parte de los diputados independentistas que mostrar su apoyo a los parlamentarios encarcelados o refugiados en el extranjero. Sin embargo, esta actitud implica que hemos vuelto a la posición extrema que conduce a nuevas elecciones, una solución que no es tal y que nadie desea. Tampoco ha dado síntomas de moderación el juez Larena. El relato de los hechos del procés que se desgrana en las quince páginas remitidas por el magistrado del Supremo a la División de Cooperación Internacional de la Policía es demoledor. Quien no viviera directamente los sucesos de octubre podrá pensar que el 1--O fue poco menos que la toma de la Bastilla.  El magistrado se juega su prestigio y no está dispuesto a pasar por el bochorno internacional que supondría que los tribunales alemanes le enmendaran la plana soltando a Puigdemont. Por ello ha encargado a la Guardia Civil pormenorizar hasta 315 actos de «violencia y agresión» entre el 1 de septiembre y el 8 de noviembre de 2017. Analizado desde lejos puede parecer que Catalunya ha vivido otra Semana Trágica. Es lamentable que en el espacio existente entre ambos extremos no surja ninguna iniciativa política que aporte vías de solución. Si lo que se espera es que de esta crisis se salga con vencedores y vencidos, el resultado final es que acabaremos perdiendo todos. La división de Catalunya en dos mitades es palmaria. No era descabellada la propuesta integradora de Iceta, pero pedir diálogo es predicar en el desierto.

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