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Orgullo con prejuicios

| Actualizado a 24 septiembre 2022 17:39
Josep Moya-Angeler
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Uno de los cambios sociales de nuestro entorno más importantes de las tres últimas décadas es el cambio del carácter de las gentes. Así, en los años 50 imperaba en la ciudadanía una resignación y espíritu de esfuerzo por superar un ambiente gris y castigador; en los 60 despertó una ambición optimista; en los 70-80 nuestra sociedad tuvo una mayoría de ciudadanos expectantes y decididos a la vez por considerar que eran necesarios cambios profundos. Y desde los 90 hasta la actualidad se impone un orgullo soberbio y exigente que sigue creciendo hasta extremos a veces aberrantes.

Barrunto que en este cambio han tenido que ver bastante los psicólogos que han promovido dos conceptos a mi entender equivocados. Son el «quiérete mucho» y el «cuídate», como imposición para superar ciertas deficiencias, antes llamadas complejos. Estas dos ideas que parecen ingenuas han hecho acentuar el egocentrismo y la supervaloración personal, barriendo la imprescindible humildad con que el ser humano, frágil y pequeña criatura, debe aceptar sus limitaciones y su incierto destino.

La humildad que desaparece actualmente ha caracterizado en especial a los grandes genios de nuestra historia y cultura. Es una actitud que la edad acentúa a medida que no sabemos responder a las grandes preguntas de todo humano. La humildad ayuda a la convivencia y hace que la presencia de cada cual no sea molesta a los demás. Por el contrario, el orgullo tiene bastante de soberbia y estimula a prescindir de los demás por culpa del convencimiento de que somos estupendos y estamos encantados de conocernos. Toda una superioridad que maneja intolerancias de todo tipo. La gente de edades jóvenes encuentra que sintiéndose orgullosa de sí misma evita ciertos problemas de enfrentarse a sí mismo y reconocer sus limitaciones, por no hablar de defectos. El orgullo hace prescindir de los demás y llega incluso a despreciarlos pues tiene el defecto de hacernos creer superiores, aparte de que no ayuda a la superación pues si somos tan estupendos, ¿para qué mejorarnos? ¿Se puede pedir sacrificios a un soberbio, en especial si es para el bien de todos?

Desde los 90 hasta la actualidad se impone un orgullo soberbio y exigente

Me temo que tras esta actitud –no sé si además es un convencimiento– hay un cierto complejo de inferioridad que tratamos de ocultar o del que no queremos enterarnos. Un tipo de complejos inherentes a la condición humana de meros individuos que somos, perdidos en un mundo inabarcable y cargados de dudas eternas. En lugar de aceptar esta realidad y torturarnos a veces con ella, el orgullo permite despreciar lo evidente y alzar a sus víctimas como ídolos superiores que la sociedad debiera admirar.

Resulta bastante incómodo a los que tratan de ser modestos o lo son por naturaleza, contemplar cómo el orgullo de otros va cargado de prejuicios y se convierte en una vana soberbia, pariente muy próxima al desprecio. No parece que estos atributos vayan a permitir hacer prosperar a nuestra sociedad, que para superarse precisa más de esfuerzos que de vanidades, de la sencillez que de la altivez. El orgullo frena los avances personales, el progreso, y a menudo genera actitudes pretenciosas que rozan el ridículo si uno es sincero y no se alista en el batallón de los que observan sin engreimientos que la vida está para sentir que, como decía Pla, «no som res, però fa de mal dir».

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