Agricultura
Adiós a los avellanos: "Han muerto y aún les quedaba media vida"
El avellano ha sido uno de los cultivos más afectados por la falta de agua, pero las malas previsiones de futuro hacen que muchos agricultores no se planteen replantar este árbol

Los avellanos que Unió de Pagesos utilizó para manifestarse el pasado lunes eran árboles muertos de la finca de Josep.
La sequía no solo ha secado los campos del Baix Camp. También ha erosionado el ánimo de muchos agricultores que, como Josep Ferré, han visto morir en silencio el trabajo de media vida. Unió de Pagesos celebró una tractorada desde Riudoms hasta Reus para denunciar la situación en la que se encuentran los agricultores dedicados a los frutos secos, sobre todo por la falta de llegada de ayudas. Aun así, la primera parada fue una finca que, en cuestión de dos años, ha experimentado un cambio de paisaje muy fuerte. Donde antes había avellanos frondosos, ahora todo es aire y árboles secos caídos en el suelo.
Josep es el propietario de esta finca de avellanos. Unos árboles que los agricultores sindicalistas utilizaron para manifestarse contra las administraciones que, denuncian, no les están ayudando. El paisaje que Ferré tiene delante es un reflejo de lo que está pasando en la agricultura del Camp de Tarragona: árboles muertos y una actividad agraria paralizada a la espera de decisiones administrativas. «Estos árboles llevan dos años muertos», explica.
Aun así, no los ha podido arrancar hasta este pasado septiembre de 2025, cuando el Departamento de Agricultura autorizó finalmente las tareas de arranque con la promesa de unas ayudas para poder replantar. El problema es que, pese a la orden, la resolución definitiva todavía no ha llegado y, por tanto, el dinero tampoco.

Los avellanos murieron en 2025 por la sequía de los años 2023 y 2024
Catorce años perdidos
Los avellanos de Josep tenían 14 años. Habían necesitado siete u ocho años para empezar a producir desde que los plantó. Todavía les quedaba, teóricamente, más de una década de vida útil. «Han muerto cuando aún les quedaba media vida», dice con resignación, pensando en lo que ha perdido durante estos años de sequía y también en todos los que le quedaban por delante.
Aun así, el golpe no es solo económico. «Un agricultor, cuando pierde el cuello, lo pierde todo. Lo peor no es la producción, es el ánimo», y lamenta que son muchos los agricultores que están pasando por una situación similar a la suya.
En la finca de Josep ha perdido cerca del 50% de la superficie productiva; en total, unas ocho hectáreas de avellanos. Es un impacto enorme para cualquier explotación profesional, remarca.
El caso del riudomense no es aislado. En el Baix Camp hay, según explica, 46 agricultores profesionales afectados directamente por la muerte de los avellanos a causa de la sequía y que todavía están a la espera de ayudas por parte de la Generalitat. Si se suman agricultores a tiempo parcial y jubilados (que a menudo siguen trabajando la tierra hasta el final), la cifra crece aún más. «En este territorio, el avellano lo era todo», recuerda Josep.
Ahora, sin embargo, gran parte de las tierras han quedado abandonadas o bien a la espera de una solución para poder seguir cultivando. Campos enteros sin actividad agraria, un paisaje que refleja una crisis profunda del sector. Según datos de la Generalitat, entre los años 2020 y 2024, el Baix Camp perdió casi la mitad de las hectáreas productivas de avellanos. De las 4.855 hectáreas que cultivaban este árbol en 2020, solo quedaban 2.978 registradas en 2024. Un descenso importante que también afecta a la producción del fruto seco: de 1.891 toneladas de avellanas producidas en toda la comarca durante el año 2020, solo se recogieron 1.001 cuatro años después.
A la espera de las ayudas
Sin la resolución oficial de ayudas, los agricultores no pueden tomar decisiones. Replantar sin garantías es un riesgo que muchos no se pueden permitir. Josep lo tiene claro: no volverá a plantar avellanos. «No puedo asumir otra vez el mismo riesgo. Volver a plantar avellanos significa esperar siete u ocho años más para producir, y si vuelve a faltar el agua, lo vuelvo a perder todo».
Por eso, si finalmente puede replantar, buscará alternativas más resistentes a la sequía, como algarrobos u olivos. El objetivo es sencillo: evitar que se repita una tragedia que, según dice, puede suponer «14 años perdidos» entre lo que ya se ha trabajado y lo que habría que volver a esperar.
El miedo no es infundado. Josep recuerda el precedente de las heladas de 2001 en Les Garrigues, cuando un cambio de gobierno dejó sin efecto ayudas prometidas porque no había resoluciones formalizadas. «Esto es lo que queremos evitar. Necesitamos garantías».
El futuro en juego
Cada año, según datos que él mismo cita, unos 500 agricultores abandonan la actividad agraria en todo el país. La situación actual puede acelerar aún más esta tendencia. «Si no llega la resolución, unos cuantos más lo dejaremos», advierte.
El caso de Josep Ferré es el reflejo de un problema estructural: sequía y falta de relevo generacional en un sector clave para el territorio. En el Baix Camp, la desaparición del avellano lamenta que no será solo la pérdida de un cultivo, sino de una identidad y de un paisaje construido durante generaciones.