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Embajadora del calçot

Susana Romero, reusense de adopción, ha vuelto a su Argentina natal y se ha llevado algunas tradiciones. Ha organizado la primera ‘calçotada patagónica’

Mònica Just

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Susana Romero Escobar, en la finca que está cultivando en Argentina. FOTO: CEDIDA

Susana Romero Escobar, en la finca que está cultivando en Argentina. FOTO: CEDIDA

Susana Romero se enamoró de Reus. De la Diada de Sant Jordi. De la vida asociativa de la ciudad. De su gente. De la agricultura. Y de la calçotada. Esta reusense de adopción ha regresado a su Argentina natal y se ha llevado consigo algunas de las tradiciones más arraigadas al entorno que la acogió durante años y que convirtió en su hogar. Se ha erigido como embajadora del calçot. Decidió cultivar la tradicional cebolla catalana en tierras argentinas -en Puerto Madryn-. Preparó la finca.  La plantación. La abonó. La cuidó. Y recogió sus frutos. Lo hizo junto a Marta Mateos, una catalana que conoció en marzo de este año y que añoraba su tierra. Le comentó el proyecto agrícola que tenía en mente y le entusiasmó, cuenta Susana. Así que decidieron lanzarse y hace un par de meses lograron celebrar la primera calçotada patagónica. «Creemos que nadie en Argentina ha cultivado calçots, por lo menos no nos hemos enterado», explica, emocionada, tras el éxito de la iniciativa.

El corralito, la desigualdad, la corrupción y una profunda crisis económica y social fueron los motivos que llevaron a Susana y a su marido a abandonar Argentina para empezar una nueva vida en otro país. Tenían un familiar en Catalunya, así que eligieron este destino y dejaron atrás su hogar y su gente. Psicóloga de profesión –también lo es su marido- reconoce que tuvieron muchas pérdidas personales. Pero sufrían un nivel de estrés que no podían soportar. «Prefiero tenerte lejos que enferma», le dijo su hijo antes de que partieran. Una frase que les hizo reflexionar y les ayudó a decidirse. Vendieron todas sus pertenencias, «menos las fotos y los recuerdos entrañables», explica. Luego llegaron a Reus y les cautivó. 

Primero se trasladó su marido. Y más tarde llegó Susana. Fue un 23 de abril. En 2002. Un día que recuerda como «mágico». «No olvidaré jamás ver tantas rosas y libros por todos lados», relata. Fue un primer contacto que le generó muy buenas sensaciones.

Susana Romero, durante los trabajos en su plantación de Puerto Madryn, en Argentina. FOTO: Cedida

Empezó a trabajar en una tienda de Salou. Estudió catalán. Fue trabajadora doméstica. Cuando tenía tiempo libre recorría Reus e iba conociendo a su gente. El matrimonio se integró plenamente en la ciudad. Susana participó como psicóloga voluntaria en un colegio. Entró a trabajar en Servicios Sociales del Ayuntamiento y asesoraba a docentes y padres de las escuelas Alberich i Casas y Cèlia Artiga. Dio talleres en distintas asociaciones de mujeres. E impulsó la creación del Coro Latinoamericano -ahora Veus de la Terra-, junto a Jorgelina Giordano. Pasaba el tiempo y se sentía cada vez más reusense.

Su primer contacto con la calçotada fue especial. «Nos invitaron Xesca y Lluís. Fue en 2004», recuerda. Para Susana, no se trató solo de adentrarse en una tradición gastronómica. «En aquel momento comencé a sentir que ya formaba parte de la cultura y que las relaciones de amistad se profundizaban. Porque teníamos amigos que compartían con nosotros ese encuentro tan especial», apunta. «Colaboramos en el armado del fuego, las alcachofas, y envolviendo calçots. Al probarlos quedamos fascinados», explica.

Con el paso de los años, se unieron a una cooperativa donde cultivaban verduras. Y Susana fue forjando un vínculo con la tierra que nunca antes había tenido. Empezó a quererla. El lazo era cada vez más fuerte.

Pero su vida volvió a cambiar. Su único hijo fue padre de mellizos en 2009. Se llaman Oliva y Matteo. Nacieron prematuros. Y empezaron a replantearse sus vidas. Quizás era el momento de pensar en regresar a Argentina: «En Reus habíamos logrado pertenecer, vivir la ciudad, las fiestas patronales... Pero el amor hacia los nietos hizo que volviéramos».  Y así lo hicieron. Eligieron Puerto Madryn por varios motivos. Tiene unos 100.000 habitantes y, en cierto modo, les recuerda a Reus.

«Cuando tomé contacto con esta ciudad y vi la tierra y el clima, muy parecido al de Reus, pensé inmediatamente en la posibilidad de plantar calçots, para recordar lo vivido allá», cuenta Susana. Así que compraron una finca de una hectárea con olivos, «casualmente de la variedad de arbequinas». Pero no acaban aquí las casualidades, porque se enteraron de que la madre del dueño era catalana. «¡Uy, cuántas coincidencias!», pensó. El interés en cultivar calçots crecía. Impulsaron la plantación y organizaron la calçotada patagónica. «Los comensales ya esperan la próxima», explica Susana. Marta, su ‘socia’ catalana en la incursión del calçot en Argentina (lleva dos años en Madryn) elabora, junto a su compañero Poly, tortillas y salsa de romesco. Lo venden en un mercado de productos ecológicos. «La salsa hace furor», cuenta Susana.

Hace unas semanas les visitó un amigo de Reus y les trajo semillas. Un paso más para que su pequeña porción de Catalunya vaya tomando forma en Argentina, siempre de la mano con Roberto, su compañero de la vida.

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