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“Llegué con tres hijos y miedo”: Francis, exiliada de Venezuela que se rehízo en Tarragona

Huyó en 2016 con sus tres pequeños para escapar de la escasez, el control y el temor. Hoy vive integrada en Tarragona, pero con la mente aún anclada a un lugar al que no ha podido volver. Espera que la caída de Nicolás Maduro sea un primer paso para regresar

Francis con su familia.

Francis con su familia.Cedida

Joel Medina

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Francis recuerda hoy con precisión el peso de aquel octubre de 2016. Ni tan siquiera era la sensación de haber llegado al final de una resistencia silenciosa, pues parte de su vida se quedó en Venezuela, donde no ha vuelto desde entonces.

Aterrizó en Tarragona con tres hijos pequeños y una vida comprimida en pocas maletas: un bebé de cuatro meses que todavía no distinguía los husos horarios, un niño de tres años aferrado a la mano de su madre y una adolescente de entre trece y catorce que observaba el mundo con la intuición precoz de quien sabe que algo se ha quebrado para siempre. Poco después, en diciembre, llegaría su marido y juntos iniciarían una nueva vida en la ciudad, concretamente en el barrio de Sant Salvador.

Venezuela llevaba tiempo dejando de ser hogar. Ya no era ese lugar donde proyectar un futuro. La transformación no fue repentina, sino progresiva, casi insidiosa. Primero la escasez, luego la normalización de la carencia. Hacer cola era parte de una vida cotidiana que se había convertido en una sucesión de renuncias. 

Francis con su familia.

Francis con su familia.Cedida

Buscar alimentos era una tarea agotadora; racionar lo básico, una forma de supervivencia: "Cuando me vine, no había insumos, no había comida, no había papel higiénico, no había leche para los niños...", enumera Francis, como quien repasa una lista que nunca termina. "Y todo se lo achacaban a las sanciones", expone.

Pero el desgaste no era solo por lo material. Era también una forma de control que se fue instalando en lo cotidiano: "Cuando ya empezaban a acabarse los productos, comenzaron a jugar con la comida de la gente", explica. Censos en edificios, listas de vecinos, racionamiento impuesto... 

"Te decían: puedo darte cuatro arroces, dos harinas, un pollo. No lo que tú quieras, sino lo que ellos decían". Para Francis, aquello era inviable: "Yo no quería vivir así. No quiero que me des nada. Quiero trabajar para poder tener lo mío y dárselo a mis hijos. Es lo que siempre he pedido".

Lo comenta porque define el apoyo al chavismo como "facturado": "Jugaron con la mente del venezolano y les hicieron creer que les daban cosas que son derechos". Una espiral que poco a poco empezó a degradar y que ha provocado que, como Francis, muchas personas se hayan visto forzadas a abandonar el país para poder prosperar personal y profesionalmente. Y, en la misma línea, el apoyo al régimen está llegando a su fin "cuando ellos ya no pueden comprar conciencias".

En su caso, el temor terminó de empujar su decisión: "Tenía miedo por mi hija grande, miedo de que le pasara algo", admite. No habla de un episodio concreto, sino de un clima generalizado, de una sensación constante de amenaza: "Llegó un punto en que era insoportable". Marcharse fue, más que una elección, una forma de protección. Además, había tenido problemas con su tercer embarazo debido al desabastecimiento de medicamentos y productos.

La llegada a Tarragona

El aterrizaje en Tarragona fue un contraste. Llegó en octubre y en noviembre ya estaba trabajando: "Enseguida nos fuimos integrando", explica. No fue un proceso automático, pero sí sostenido. Sin familia cerca, Francis y sus hijos fueron encontrando apoyos inesperados: "Hemos conseguido familias que nos han tendido la mano, que han ayudado un montón, que han querido a mis hijos", cuenta. "Ellos ahora los ven como sus yayos".

Mientras tanto, Venezuela quedaba al otro lado del océano, convertida en una presencia constante y lejana. Los vínculos familiares pasaron a sostenerse a través de pantallas: "Mis hijos no conocen a mi familia sino por WhatsApp, por una videollamada", dice. Los cumpleaños se celebran a distancia, las Navidades también: "Me ha tocado despedir familiares sin poder estar allí". Es una herida que no se cierra.

Su historia se repite, con matices, en toda la provincia. Cada día, de media, un ciudadano venezolano solicita protección internacional en Tarragona. Entre 2014 y 2024 se registraron 4.537 peticiones de asilo, de las cuales 1.967 –el 43 %– proceden de Venezuela. Francis llegó cuando ese flujo empezaba a hacerse visible, cuando la diáspora venezolana comenzaba a asentarse también fuera de los grandes núcleos urbanos.

¿Cómo han vivido la captura?

Desde Tarragona, Francis sigue con atención cada acontecimiento político en su país: "Muchas personas que hemos conocido durante nuestros años aquí me llamaron el sábado para preguntarme qué tal estábamos y cómo lo estábamos viviendo", recuerda.

Después de la captura de Nicolás Maduro y de su mujer Cilia Flores por parte del Gobierno de los Estados Unidos, habla del presente con esperanza, pero sin euforia: "Creo fielmente que es el primer paso hacia la libertad; estamos contentos, pero con mucha cautela", explica. 

"Después de veinticinco años, cuesta creérselo", añade. Porque hay alegría, sí, pero también miedo: "No sé si la cautela se nos volvió miedo porque han sido años de torturas, de chantaje, de secuestro, de humillación...", reflexiona.

Después de que la sombra norteamericana en Venezuela se haya hecho ya evidente, no espera regresos inmediatos ni soluciones mágicas: "Esto no es mágico", insiste. "No es que mañana caiga algo y nos vayamos todos", confirma Francis. 

En su caso, lo que ella más desea es algo más elemental: poder volver sin temor. "Quiero poder viajar con mis hijos a Venezuela sin miedo a que me dejen presa, sin miedo a que se inventen que soy terrorista por haber compartido una noticia o por haber ido a una marcha".

Su sensación es la de muchas personas venezolanas que se sienten desposeídas de un derecho tan básico como visitar su país. La incertidumbre sigue instalada en su vida diaria. Su familia permanece en Caracas, con información fragmentaria. 

De hecho, afirma que "mientras el mundo habla de lo que ha pasado, la televisión nacional de Venezuela no hace más que hablar de estupideces en lugar de informar sobre lo que está aconteciendo". La información viene desde el extranjero.

"Ellos no están viendo nada en la televisión nacional", explica. "Allí ponen programas de variedades". Francis vive con el cuerpo en Tarragona y la mente en Venezuela. "Es tener la mente allá y el cuerpo aquí", resume. "Es muy complicado". 

Aun así, insiste en mirar hacia adelante: "Solo pido paz", dice. Paz y la posibilidad de que todo este dolor tenga algún sentido: "Que en unos años podamos decir: valió la pena". Que las familias separadas puedan reencontrarse. Que los hijos puedan conocer el país del que proceden sin miedo.

"Hemos sido esclavos"

Resta ver el papel que tendrá Estados Unidos y el Ejecutivo de Donald Trump en el futuro de Venezuela. Francis es clara: "Llevo unos días leyendo que nos van a quitar el petróleo y que seremos esclavos, y yo pienso que llevamos más de veinticinco años siéndolo y viviendo una esclavitud silenciosa al servicio de otros".

En todo caso, afirma que, como siempre, será el tiempo el que termine dibujando la historia: "Pero tengo la convicción de que el venezolano aprendió, de que nosotros nunca hemos visto un barril de petróleo ni hemos tenido ningún tipo de beneficio por ello". 

En su caso, se posiciona a favor de María Corina Machado –considerada la principal líder opositora y que impulsó a Edmundo González– como futura presidenta, algo que, por el momento, Trump ha descartado diciendo que "no tiene el apoyo interno ni el respeto del país".

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