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Familias de Tarragona tienen acogidos a 109 niños y niñas

La acogida está en auge en Catalunya, pero en la actualidad hay 15 menores de seis años de edad que tienen una demanda de familia activa en la demarcación y están esperando hogar

Xavier Fernández

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Joan y Maria, en su domicilio de Tarragona. Hace unos años acogieron a dos hermanos, que ahora son adolescentes. FOTO: Pere Ferré

Joan y Maria, en su domicilio de Tarragona. Hace unos años acogieron a dos hermanos, que ahora son adolescentes. FOTO: Pere Ferré

Joan y Maria (nombres ficticios porque prefieren mantener el anonimato) son una pareja de tarraconenses que hace años se planteó acoger a un niño tutelado por la Generalitat a cuyo padre o madre le habían retirado la custodia. Ya conocían el proceso de boca de personas próximas.

Aquellos pequeños de 8 y 5 años se han convertido en adolescentes. Joan y Maria forman parte de las 87 familias tarraconenses que acogen a 109 niños y niñas. Otras 12 familias conviven con otros tantos chavales en fines de semana y vacaciones.

La acogida familiar está en auge. No tiene nada que ver con la adopción porque los chicos y chicas permanecen durante más o menos tiempo con sus acogedores, pero en ningún caso de forma permanente. Hasta el punto de que, si los servicios sociales lo creen pertinente, los chavales vuelven con su familia biológica. El principal inconveniente de la acogida es ese: que las familias son reticentes a encariñarse con un niño y que luego se lo ‘quiten’. 

La directora del Institut Català de l’Acolliment i l’Adopció, Agnès Russiñol, admite que los procesos de acogida «tienen incertidumbre y temporalidad. Eso no nos ayuda  a la hora de que una familia se decida a acoger». 

La Generalitat diseñó en 2016 un plan estratégico para dar a conocer y promocionar la acogida familiar. El plan ha dado sus frutos puesto que las familias de acogida han crecido un 30%: han pasado de 559 a 727 en Catalunya.

Paralelamente, el número de niños menores de seis años a la espera de una familia ha caído. Si en 2016, eran un centenar en toda Catalunya, ahora son 72, de los cuales quince en la demarcación de Tarragona. Los pequeños con enfermedades graves o diversidad funcional y los grupos de hermanos son los que más dificultades tienen para ser acogidos.

Maria y Joan acogieron precisamente a dos hermanos. «No teníamos hijos ni intención de tenerlos y pensamos en prestar un servicio a la comunidad sin ningún otro interés. Si hubiéramos querido tener hijos propios, habríamos adoptado. Queríamos acoger a un solo niño, pero nos dijeron que había dos hermanos a la espera de familia y que éramos adecuados», afirma Maria.

«Aunque los niños están bien en los centros tutelados, carecen del contacto diario con una familia. Lo estuvimos hablando y al final nos decidimos», añade Joan.

Ambos trabajan en el mundo de la educación y podían compaginar los horarios. Antes de tomar la decisión final, elaboraron una lista de pros y contras. En contra, recuerda Maria, «que no teníamos experiencia con niños y que quizá no lo haríamos bien» y que, apunta Joan, «darás todo el cariño a los niños, pero en cualquier momento pueden irse. Debíamos tener muy claro cuál era nuestro rol en este proceso». Y, dicen al unísono, «pasar de tener libertad total a asumir una responsabilidad muy grande».

Capacidad emocional

Esos contras fueron ‘derrotados’ por las ganas de ayudar a los niños que iban a acoger y de convertirse en padres ‘temporales’. 
Tras un proceso que duró cerca de un año y tras asistir a cursillos de formación y pasar un examen de idoneidad, llegó la acogida de los dos chavales. El punto clave, insisten ambos, es que «tengas la capacidad emocional de aceptar que no estás haciendo una adopción sino una acogida».

Antes de que los hermanos se instalaran en el domicilio de Joan y Maria, hubo encuentros previos. Primero una comida y luego un fin de semana en casa. Con ‘secreto’ incluido: los hermanos no sabían que la cita era el paso previo a una posible acogida. 

«El primer día fue raro. Fuimos a comer juntos porque ellos tenían que volver al centro. Fue como la primera vez que haces algo que no habías hecho nunca antes. Intentas ganártelos lo máximo posible. Creo que ellos también se sentían extraños», rememora Joan. «Nos fuimos conociendo hasta que todos tuvimos claro un sí a la acogida», señala.

Ambos tuvieron que explicar la decisión de acoger a sus respectivos padres. La familia extensa, es decir los familiares de los padres de acogida, también es importante en el proceso. La reacción de los abuelos fue positiva, pero también de desconcierto. «No lo entendían demasiado», dice Maria. «Nos preguntaban que cuál sería su papel: si ejercerían de abuelos», explica Joan.

El encaje con el resto de la familia fue progresivo. Siguieron las recomendaciones de los expertos, para que los chavales no pasaran de estar en un centro de acogida a encontrarse casi de repente con una gran familia. «Les tienes que ir presentando poco a poco», puntualiza Maria. Al mismo tiempo los abuelos se «autoprotegían, tenían miedo a encariñarse con los chavales como si fueran sus nietos», sigue. La «normalización», como la define Joan, llegó durante las fiestas navideñas. Ahora les consideran «dos nietos más».

El papel que juegan los padres de acogida lo deciden los propios chavales: si consideran a sus acogedores como algo ‘temporal’ o si son como sus segundos padres, relata Joan. A él y su esposa, los chavales les llaman papá y mamá «excepto cuando se enfadan», precisa Maria con una sonrisa. «Cuando se enfadan nos llaman por nuestro nombre», prosigue. 

«La primera vez que nos llamaron papá y mamá, les dejamos claro que también tienen otro padre y madre. Nosotros no somos el equipo contrario a su familia sino que trabajamos todos juntos para que los chicos estén lo mejor posible. Es fundamental no generarles conflictos de lealtades», apostilla Joan. 

¿Es complicado educar a niños de acogida, imponer la autoridad paterna, en el buen sentido de la palabra? «Lo que tuvimos claro desde el principio es que estuvieran con nosotros tres meses u ocho años los educaríamos como si fueran hijos nuestros», responde Joan. 

Buen comportamiento

Una de las cosas que llamó la atención de Maria y Joan durante las primeras semanas fue el buen comportamiento de los hermanos. De revoltosos, como cualquier otro niño o niña, nada. Maria: «Al principio tenían miedo de volver al centro. Es bastante generalizado que los niños de acogida se porten superbien al principio. Están incluso como tensos. El pequeño se hacía la cama. ¡Con cinco años! Poco a poco se fueron relajando. Ahora cuesta mucho más que se haga la cama (ríe)».

A Maria y Joan les ha ido bien la experiencia. «Hemos tenido mucha suerte y no ha habido ningún conflicto importante. Hemos tenido una aproximación emocional por parte de los cuatro muy potente», afirma Joan. «Tenemos dos preciosidades. Se han movido muchas emociones desde el corazón», interviene Maria. 

Pero no todo es de color rosa, como en la vida real. También ha habido aspectos negativos. Sobre todo, el recurrente miedo al «¿y si se van?». ¿Cómo gestionaban ese miedo? «Yo lo tenía muy fácil. Me planteaba ‘¿en quién pensamos en nosotros o en ellos?’», responde Joan. «Si se decide que los niños de acogida vuelvan con su familia es porque es lo mejor para ellos. Es egoísta pensar solo en ti. Si los quieres, debes aceptar lo mejor para ellos», concluye Maria.

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