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Mireia Ros en TGN: «‘Down n’hi do’ rompe el filtro de los prejuicios»

Entrevista
La actriz, directora y guionista presenta este sábado 12 de octubre el documental en la cuarta edición del Festival de Curtmetratges sobre Salut Mental (Psicurt), que se celebra hasta el domingo en Tarragona

Gloria Aznar

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La cineasta Mireia Ros, con los chicos del documental.

La cineasta Mireia Ros, con los chicos del documental.

Mireia Ros es una actriz, directora y productora de cine, teatro y televisión. La artista fue una de las caras visibles de la época del destape en el Estado español, hecho que motivó que se cambiara su nombre de nacimiento, Lidia Sentíes, por el de Mireia. Entre sus cintas destaca La Moños o los documentales Barcelona, antes de que el tiempo lo borre y Down n’hi do. Justamente es este último el que la lleva este sábado 12 de octubre a Tarragona, a la cuarta edición del Festival de Curtmetratges sobre Salut Mental (Psicurt), que hasta mañana se celebra en la Antiga Audiència. 

Usted habla de diversidades mentales. ¿Cómo cree que actuamos ante esa variedad? 
El hecho de actuar de una forma u otra está vinculado a la educación que recibimos. Estamos en una sociedad en la que la pedagogía nos viene impuesta. No reivindica que cada persona somos individuos y que como tales tenemos unas capacidades y unas tendencias determinadas que a veces quedan reducidas e incluso traumatizadas porque no se nos permite exteriorizar.   

‘Down n’hi do’ recoge y refleja esa diversidad mental.
Hay seis jóvenes que son Down y otros que tienen otro tipo de diversidad. Si nosotros, como sociedad, lo tuviéramos normalizado la convivencia sería natural. No se trata ni de ser buenos, ni de tener buen corazón, ni de hacernos amigos. Se trata sencillamente de aceptarlo. Este es el problema que tenemos. La diversidad existe y vivimos contra natura.

Para usted no era una experiencia nueva. Lo vivió en el seno de su familia.
Sí que lo era. Porque aunque mi hermano Iván era síndrome de Down, tenía una discapacidad más profunda. Nosotros teníamos una relación muy especial con él. Lo sobremimamos y sobreprotegimos. Era una persona muy querida. Él nos dejó en medio de todo el proceso. Y, aunque lo intenté, no podía utilizar la historia de mi hermano porque lo hubiera absorbido todo. Aún estaba vinculado en las entrañas de mi alma. 

¿Qué ocurrió entonces?
Para mí el descubrimiento fue a partir de la comunicación. Yo tenía una comunicación con mi hermano muy fuerte a nivel emocional pero a los chicos del documental los sentía expresarse, algo que en Iván no llegué a verlo verbalizar del mismo modo. No diré que sufrí un shock, pero sí fue una sorpresa. Sabía que se expresaban, pero no a estos niveles. Y en el plano creativo podían dar mucho de sí. Todo lo que tiene que ver con la creatividad y la expresión del arte es algo que va más allá de las palabras y descubrí que tenían mucho contenido. Me quedé fascinada y aquí fue cuando decidí que valía la pena ir un poco más allá.

«No se trata de ser bueno, ni de tener buen corazón. Se trata de aceptarlo. La diversidad existe y vivimos contra natura»

Porque no tenía intención de rodar un documental.
Era un curso de aproximación al cine. Lo que en un principio eran dos meses y medio acabó en tres años. No había nada preparado, todo se improvisó. Se hicieron planos robados, se rodó sin sonido directo ni ningún tipo de luz especial. A ellos no les molestaba la cámara, por lo que es todo real. Se muestra cómo son en realidad, su día a día. A partir de aquí hice entrevistas más personalizadas. E incluso grabé con el móvil.  

¿Cómo lo recibe el público?
Lo extraordinario de la historia son ellos. De golpe, fuimos al Festival de Málaga, lo compró TV3... El documental impacta en el público, pero no desde la pena o la compasión sino en el sentido de que se sienten identificados con ellos, se rompe el filtro de la distancia, los prejuicios. Esta es la magia, sin artificios. Un documental precario pero con un contenido emocional y humano. 

¿Y los chicos?
Están encantados. Ellos no tienen ego.   

¿Podemos hablar de Lidia Sentíes?
Sí, claro.

¿Es la misma persona después de su dilatada trayectoria?
Diría que sí. El cambio de nombre me generó una dicotomía y una inestabilidad, no emocional, pero sí de identidad, que me incomodó durante un par de décadas, como mínimo, aunque eso lo descubrí más tarde. Me sentía incómoda cuando me preguntaban el nombre. Al final he aprendido a vivir con ellos. Lidia está ahí, para la familia y los amigos y para quien me quiera llamar Lidia. Y Mireia está absolutamente incorporada.

«Creo que nos hemos acomodado y que se ha perdido aquel punto de transgresión. Las cosas están muy enredadas, pero a nivel mundial»

¿No ha pensado en recuperarlo como nombre?
De hecho, lo utilizo muchas veces, en mi vida cotidiana, en La Moños, por ejemplo. 

Usted, que fue una de las protagonistas de la época del destape, ¿cree que hemos involucionado?
Creo que nos hemos acomodado y que se ha perdido aquel punto de transgresión. Sí que hemos perdidos cosas, viendo la actuación represiva, la falta de diálogo político, cómo ha cambiado la prensa publicando noticias sin contrastar y generando mal ambiente... Veo que las cosas ahora están muy enredadas en muchos aspectos, pero a nivel mundial.

Como directora, ¿se ha planteado transmitirlo?
El día que lo haga, me dedicaré de lleno. No haré otra cosa.

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