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Una Tarragona sin anfiteatro romano

El pasado ibérico de la ciudad se remonta a los asentamientos de Tarakon y Kesse. Una visita guiada recuerda su legado ‘invisible’

Javier Díaz

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Marisa Panosa se dirige a los asistente junto a la maqueta de Tarraco. FOTO: FABIÁN ACIDRES

Marisa Panosa se dirige a los asistente junto a la maqueta de Tarraco. FOTO: FABIÁN ACIDRES

En Tarragona ya había movimiento antes de que los romanos montaran su campamento en la Part Alta en el año 218 a.C. La ciudad estaba habitada entonces por íberos asentados sobre una colina,  al pie de la cual estaría la desembocadura del río Francolí y donde podían fondear los barcos. Ese lugar abarca lo que hoy son las calles Doctor Zamenhoff, Sevilla, Caputxins, Soler y tal vez parte de Pere Martell, Gasòmetre e Ibiza. No quedan apenas rastros de aquello a parte de la topografía del lugar y los restos de muros de viviendas ahora cubiertos, así como cerámicas y otros efectos domésticos, conservados en almacenes arqueológicos. Se conoce además la existencia de unas pocas monedas de plata en cuya leyenda se puede leer el término Tarakon, «probablemente el nombre indígena de la zona. Está escrito en alfabeto ibérico y nos hace pensar que se refiere al topónimo», explica Maribel Panosa, doctora en Historia por la Universitat Autònoma de Barcelona y experta en la epigrafía y la arqueología ibéricas y la antigüedad clásica.

Panosa situó ayer las coordenadas temporales y espaciales de la Tarragona ibérica sirviéndose de la recién renovada maqueta de la Antiga Audiència, en la plaza del Palloll. Ese fue el punto de partida de una visita guiada al pasado, enmarcada en ciclo Històries Amagades. Repasó desde la evolución del primer núcleo de población y la relación con griegos y cartagineses, hasta su completa integración en Tarraco al final del proceso de romanización.

«Tenemos restos de Tarakon, pero son más o menos invisibles están “ocultos por nuevas edificaciones en la parte baja de Tarragona y que se superpusieron tanto a antiguas viviendas ibéricas como a construcciones romanas posteriores», dice Panosa. En la documentación de excavaciones arqueológicas y en el Museu Nacional Arqueològic de Tarragona hay vestigios del siglo V a.C en adelante encontrados en aquella zona.

Cerca de Tarragona está documentado un centro ibérico de cierta entidad, el Vilar de Valls. La tendencia de buena parte de los historiadores actuales se decanta por la posibilidad de identificar este centro con la Kese documentada por monedas también ibéricas halladas en la zona. Este topónimo aparece en las fuentes clásicas con el nombre de Kissa (en griego) y Cissis (en latín). Los restos de construcciones ibéricos de Valls se encuentran en gran parte también afectados por construcciones de épocas recientes en el núcleo urbano, pero en la colección-museo gestionada por el Institut d'Estudis Vallencs se conservan numerosos restos exhumados en sucesivas excavaciones realizadas en el municipio. Gran parte de la investigación de los últimos años se centra en la localización del posible escenario de la batalla de Cissis, citada por las fuentes, librada por romanos y cartagineses en los alrededores de Cissa durante la segunda guerra púnica, a finales del siglo III a.C.

Los íberos coexistieron con los romanos hasta que fueron ‘absorbidos’ por la compleja sociedad imperial. La huella dejada por la población ibérica en Tarragona ha quedado oculta discretamente si la comparamos con la de sus coetáneos de Roma, que nos han legado un rico patrimonio: murallas, un anfiteatro, un circo, un teatro... Eso sí, los íberos estuvieron aquí antes de que se pusiera ni una sola piedra de esos eternos monumentos.

«En una pared interior de la muralla se conservan marcas y signos que podrían estar en alfabeto ibérico», comenta Panosa, que concluyó la visita dando un rodeo por el paseo arqueológico hasta la Torre de Minerva, donde recordó la romanización ibérica de la zona.

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