Cuando Tarragona soñaba con tener un barco del Misisipi

Si en algo es especialista la ciudad es en el arte de proyectar y no hacer (casi) nada

| Actualizado a 03 abril 2022 14:55
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Tarragona debería parafrasear la mítica expresión del humorista José Mota y colocar una pancarta en la pared del salón de plenos con el lema «no es por no proyectar. Si hay que proyectar se proyecta, pero proyectar pa ná es tontería». Porque  si algo acumula Tarragona, aparte de edificios sin uso, como ya se detalló en otra crónica pelacanyes, son proyectos que se anunciaron a bombo y platillo y luego desaparecieron. La mayoría por falta de fondos. Y algunos otros porque nacieron muertos. Eran ideas lanzadas en la campaña electoral de turno. A ver si algún votante crédulo ‘picaba’ y apoyaba al partido correspondiente. No coló.

Entre los proyectos privados más desconocidos esta el que el ‘Diari’ desveló el 4 de junio de 1998. Unos empresarios querían construir un barco del Misisipi en el Port. Tendría cuatro plantas. La primera albergaría un bar musical con capacidad para 150 personas y las otras tres, sendos salones restaurantes para 300 comensales en total. La inversión prevista era de 200 millones de pesetas (1,2 millones de euros). Nunca más se supo.

Paradojas de la ‘proyectitis’, una semana antes, el 27 de mayo, el entonces alcalde de Reus, Josep Abelló, aseguró que excavaría un canal artificial de tres kilómetros de longitud y siete metros de anchura, con zona de rápidos incluida. Se instalaría paralelo a la variante sur. 

La broma estaba servida: ¿y si para hermanar ambas ciudades el alcalde de Tarragona, Joan Miquel Nadal, y Abelló navegaban de la mano en el barco del Misisipi por el río de Reus? El canal tampoco se hizo realidad.

Un arquitecto técnico propuso ubicar una torre de 173 m. de altura en el Balcó del Mediterrani 

Abelló lanzó su idea poco más de un año antes de las elecciones municipales del 13 de junio de 1999. Es habitual que el alcalde de turno presente proyectos ‘espectaculares’ meses antes de los comicios. El propio Nadal debió pensar «si Reus tiene río, yo quiero un superascensor». En octubre de 1998 se anunció que se proyectaba la conexión del Balcó del Mediterrani con la playa del Miracle mediante dos ascensores a la altura de la Baixada del Toro y un puente de sesenta metros que salvaría la catenaria de las vías del tren a quince metros de altura. No se hizo nada.

Nadal definió su proyecto como «brutal y espectacular» y lo presentó en la campaña de los comicios de 1999. Costaba 320 millones de pesetas (1,9 millones de euros). Joan Miquel quiso subir votos con su ascensor, pero los bajó. CiU perdió 6.685 apoyos y dos ediles respecto a 1995.

Su sucesor en el cargo, Josep Fèlix Ballesteros, también era un habitual de los ‘proyectazos’ preelectorales. Incluso proyectos similares por duplicado. En abril de 2010, planteó convertir la fábrica de la Tabacalera en un macrocentro cultural al querer instalar, aparte de un jardín vertical, el Museu Nacional Arqueològic, el Centre de Creació i Pensament Contemporani, el Centre de Normalització Lingüística, las oficinas de Joventut de la Generalitat, la Biblioteca Pública, el Arxiu Municipal, la Capsa Jove, la Associació de Músics de Tarragona (AMT) y las oficinas de Tarragona Impulsa. Solo se ubicaron el Arxiu, la Capsa, la AMT y el Tarragona Impulsa. ¡Ah! Y el jardín, ahora retirado porque se convirtió en un nido de suciedad. El coste total sería de entre 60 y 90 millones de euros.
El macroproyecto se desveló, adivina, adivinanza... apenas un año antes de las elecciones municipales del 22 de mayo de 2011. Al PSC tampoco le fue bien. Disminuyó en 2.540 papeletas y un concejal.

 

La Savinosa se lleva la palma en proyectos: desde un parador a una universidad de verano

Josep Fèlix volvió a la carga con Tabacalera en las semanas previas a los comicios de 2019. En abril presentó otro macrocomplejo, con 112 millones de euros de inversión. Lo había elaborado el estudio ganador del concurso de ideas convocado para definir qué se iba a hacer con la antigua fábrica de Tabacos. Se instalaría, como no, el Museu Nacional Arqueològic y la Biblioteca Provincial, ambos dependientes del Gobierno central. El proyecto, como la alcaldía de Ballesteros, se convirtió en humo. Tras los comicios, Pau Ricomà (ERC) asumió la vara de mando.

La de Nadal no fue la única propuesta para unir la Rambla Nova con la playa. Finalmente fue otra entidad (el Port) quien financió la actual pasarela, con mucho menor impacto visual que otras ideas que han ido surgiendo a lo largo de más de un siglo. 
La primera de la que se tiene constancia data del año 1917.

El ingeniero Tomás Brull propuso construir un ascensor y un paso superior. «No obstante tener el mar a los pies de este balcón, para llegar a su orilla es necesario descender y dar largos rodeos para alcanzarlos, y más penoso aún ascender luego para reintegrarse al centro de la ciudad. Por tanto, el objeto de este proyecto es, pues, facilitar la descensión y ascensión con toda comodidad por medio de un ascensor», escribió para defender su proyecto. 

Década y media después, en 1932, la empresa italiana Ceretti e Tanfani propuso instalar un teleférico del Balcó a la playa. No prosperó. Como tampoco otra idea similar, hecha pública el 20 de marzo de 1988, con Josep Maria Recasens como alcalde. El arquitecto Luis Carlos Merelo quería poner en marcha un teleférico desde un hueco bajo las escaleras de la Baixada del Toro hasta un puente que sortearía la vía.

El consistorio lo rechazó y los promotores se molestaron. «Si a Reus o Lleida les dijeran que con 500 metros de cable tendrían playa, no se lo pensarían dos veces para ejecutar un proyecto así», criticaron.
En 1991, Nadal encargó al arquitecto Antonio Fernández Ordóñez otro proyecto. La propuesta fue instalar unas pasarelas y una escalera del Balcó a la playa. Se desestimó por demasiado caro. Ordóñez fue quien diseñó el Pont del Mil·lenari de Tortosa. Ocho años después Nadal presentó el proyecto antes mencionado.

En 2006, el arquitecto técnico Ángel Martínez Lanzas propuso ubicar una torre-faro de 173 metros de altura en el mismo Balcó.

Con un presupuesto de 39,8 millones de euros, incluiría un hotel y espacios para oficinas, tiendas, discoteca, biblioteca y restaurantes. La luz del faro se vería a 50 kilómetros de distancia. «Es una idea más o menos romántica, pero realizable, que vendría a ser una apuesta de modernidad», explicó Lanzas, autor del diseño de la carpa del Camp de Mart.

La fachada marítima ha sido objeto de la ‘proyectadicción’ pelacanyes. Uno de los casos más paradigmáticos fue la propuesta del arquitecto Ricardo Bofill. Él mismo definió su proyecto como «alocado». Nadal lo presentó, como no, poco antes de unas elecciones municipales, las de 2003. 

La idea ‘bofilliana’ era liberar 370.000 metros cuadrados de superficie gracias al soterramiento de las vías y de la estación de tren. Se destinarían 32.000 metros cuadrados a viviendas y el resto a zonas verdes y paseos. El presupuesto, de 110 millones de euros, se financiaría con la venta de los terrenos. Tampoco le sirvió a Nadal, que perdió un concejal respecto a 1999.

Quien se lleva la palma en ‘proyectitis’ es el antiguo preventorio de la Savinosa. Palacio de congresos, polideportivo, acuario, museo, la Universitat d’Estiu de la URV, centro de estudios marítimos, centro de menores, el Centro Europeo del Turismo, el Institut de l’Evolució Humana, parador, auditorio, complejo termal, hoteles (algunos de los cuales, como el ‘Imperator’, contaban en el año 2000 con esbozo y un presupuesto de 2.600 millones de pesetas: 15,6 millones de euros, )... fueron algunos proyectos.
En resumen, proyecta, proyecta, que algo queda. O no.

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