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Somalilandia: el Estado más solitario del mundo

Ningún estado y ninguna organización han reconocido hasta ahora a Somalilandia

Martín Garrido

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Somalilandia o Somaliland no es un parque de atracciones como alguien podría suponer a primera vista, sino un verdadero ‘Estado inexistente’ y, al mismo tiempo, uno de los más reales del mundo, de los serios, de los que han tenido que ganar su inexistencia con las armas y con los muertos.

Tiene una extensión aproximada de 137.000 kilómetros, una población que supera los cuatro millones de personas y más dromedarios que en ningún lugar de la tierra. Su capital pasa del millón de habitantes y es una de las pocas capitales del mundo en que no hay nada que ver, ni propiamente nada que hacer, salvo dejar pasar el tiempo.

Lo que conocemos actualmente como el Estado de Somalia estaba integrado por dos territorios sujetos a dominio colonial. Ambos consiguieron la independencia. El día 26 de junio de 1960 Somalilandia se convirtió en un Estado independiente reconocido por una treintena de Estados. Sin embargo, el día 1 de julio de 1960 se unió a la parte italiana para formar un nuevo Estado. Fue seguramente una mala elección. Somalia estalló como Estado y se convirtió en un agujero negro que todavía persiste.

El 18 de mayo de 1991 Somalilandia declaró unilateralmente la independencia y se separó. Ningún Estado y ninguna organización internacional lo han reconocido hasta ahora, ni siquiera su antigua potencia colonial, a pesar de algunos intentos frustrados. El periodista Luis Pancorbo en un libro publicado este año (Al sur del Mar Rojo. Viajes y azares por Yibuti, Somalilandia y Eritrea) nos dice que es un «país que envuelve al viajero en la soledad más radical. Uno torna a estar desnudo entre el cielo y la tierra, como si regresara de repente a uno de esos estadios alegales del planeta»

Un Estado real (aunque no sea reconocido como tal por el orden internacional) debe cumplir en mi opinión varios requisitos.

En primer lugar, debe tener una frontera y un sistema de acceso y control. Pancorbo en su viaje al lugar escribe que conviene no preocuparse por cuestiones formales como son los visados y dejarlo todo a la buena suerte del viajero. Es cierto pero hasta cierto punto: si ustedes se deciden a ir, lo más seguro es que no les dejen salir de Barcelona o de cualquier escala intermedia con el razonable (e inquietante) pretexto que serán deportados nada más llegar; y si, al final, consiguen volar y aterrizar en Hargeisa (la capital), sigan echándole cara al asunto. Puede que tengan suerte pero no se lo puedo asegurar.

En segundo lugar, tiene que tener sus fuerzas armadas. Pancorbo mantiene que quien quiera visitarlo tiene que ir acompañado por un agente armado del SPU (Special Protection Unit). En realidad, podrán viajar solos si están dispuestos a ser registrados cada veinte kilómetros en cualquier control militar, a pagar alguna cantidad adicional por la security, y a que cualquier soldado les birle el equipaje al mínimo descuido. Merece la pena la experiencia pero tampoco puedo asegurarles que todo termine bien.

En tercer lugar, tiene que tener un gobierno y a ser posible unas elecciones democráticas que permita sustituir al dirigente máximo y al partido en el poder. Me temo que muchos Estados (reconocidos y bien reconocidos) no pasarían este requisito. Curiosamente desde su declaración de independencia, Somalilandia ha tenido varias elecciones, consideradas para los estándares africanos razonablemente democrática, y en las últimas incluso ha habido una verdadera alternancia de poder.

En cuarto lugar tiene que tener una moneda y unas instituciones financieras. Somalilandia la tiene pero nadie da nada por ella fuera de su territorio. Tampoco eso representa un especial problema. Un país en el que no puedes pagar con tarjetas de crédito y que no tiene cajeros automáticos (salvo afortunadamente para el viajero en dos hoteles concretos) ha tenido que acudir a algo tan elemental como servirse de otra moneda (el dólar americano).

En quinto lugar, ha de ser viable económicamente. Esto es quizás el requisito más difícil de cumplir porque depende de las relaciones que puedas establecer con otros Estados. Por de pronto Somalilandia está considerado desde el punto de vista económico uno de los sitios más liberales del mundo, aunque también uno de los seudoestados más pobres.

En último lugar, tiene que tener sus funcionarios y profesionales independientes. Hasan Zodani, cuya notaría está en el sitio más emblemático de Hargeisa (en la plaza del MIG soviético derribado), lo es. Atiende en un cuchitril de tres metros cuadrados a sus clientes (muchas mujeres que estampan la huella dactilar), cobra en dólares y redacta los documentos en inglés, árabe o somalí. Por lo tarde puedes encontrarlo tirado en el suelo tomando la popular droga (kat) y por la mañana ocasionalmente en los tribunales.

Vemos que Somalilandia, el Estado más inexistente del mundo, es un Estado real, mucho más que otros Estados plenamente reconocidos.

Su falta de reconocimiento puede encontrarse en el terror que inspira en el orden internacional romper las fronteras existentes y la fuerza perturbadora del tal hecho. No obstante, en el derecho internacional el precedente se erige muchas veces como una verdadera norma a tener en cuenta: a favor de su independencia juega que durante unos días en los años sesenta lo fue, que fue reconocido por un buen número de Estados y también que su unión fue un acto voluntario.

El futuro está por escribir en toda esta zona, como en muchas otras. Frente a la división y la segregación nos encontramos con la fuerza contraria, que propone la Gran Somalia, que se extendería al norte de Kenia, a Djibuti, al sur de Eritrea y al Ogaden etíope, amenazando las fronteras de Estados existentes. Resulta todavía más perturbadora que la segregación.

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