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Cuando los perros dominen la Tierra

El problema. En algunos rincones de TGN hay que sortear deposiciones inmensas de chuchos cuyos dueños miran para otro lado mientras el animal se encoge de cuartos traseros para depositar su regalito

| Actualizado a 30 junio 2022 08:55
Lluís Amiguet
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Disfruto de la conversación con el filósofo animalista Peter Singer, que ha iniciado una cruzada mundial contra las macrogranjas, y le explico que en Catalunya hay pueblos que no pueden beber agua estos días por los purines, excrementos de los animalitos que se filtran a la capa freática contaminando suministros.

No se extraña, porque los excesos, y hay que darle la razón en que tenemos demasiados cerdos en Catalunya -hay más que catalanes- solo causan nuevos excesos. Y comemos demasiada carne. Me niego a renunciar al jamón ibérico, le apunto, pero es cierto que la carne se ha convertido en más ubicua que el pan y más barata a menudo. Tendríamos que degustar todos, animalistas o no, menos bistecs y de mayor calidad y sostenibilidad.

Pero otro exceso que ya no tiene remedio es el de los perros urbanitas. Tenemos demasiados canes y algunos de especies de gran tamaño viviendo en espacios mínimos. Es una crueldad para los animales y para sus vecinos. En algunos rincones de Tarragona hay que sortear deposiciones inmensas de chuchos cuyos dueños miran para otro lado mientras el animal se encoge de cuartos traseros para depositar su regalito, que queda allí para goce y disfrute del transeúnte inadvertido.

La ciudad hiede bajo el sol por los orines perrunos y son contados los dueños -les apodaremos perromanes- que siguen la ordenanza de pasar un agüita donde su perrito dejó su marca miccional. Me temo que los sin cánidos no tendremos perrito que nos ladre, pero valgan estas líneas como derecho al pataleo de todos mis congéneres. Señores perromanes y perrowomen: ustedes se quedan el afecto de su mascota y nos dejan a cambio el testimonio no de su animalidad, porque los perros son tan limpios como cualquiera, sino del egoísmo de sus amos.

Y hasta el bueno de Singer, autor de la primera redacción de los Derechos del Animal, coincide conmigo en que es una crueldad encerrar un perro enorme en un piso diminuto, aunque estén de moda, como ahora, las castas gigantes. Los amos sacan pecho al pasear a sus bestias; pero la mayoría al verlos pensamos en el sufrimiento del can.

Porque los perros necesitan, sobre todo, de la compañía de otros perros: son descendientes del lobo y, como nosotros, solo son felices en su grupo. Usted puede sacarlo a pasear las veces que quiera, que casi siempre son menos de las que necesita, pero el único paseo que le haría de verdad feliz es el que gozaría con sus congéneres.

Le doy una vueltas, cual can buscando el mejor sitio para echarse en una habitación, a todos los argumentos de Singer cuando recuerdo el consejo de un gran zahorí, ya saben, los que encuentran pozos con agua con una vara y su percepción del magnetismo: «para elegir el mejor sitio donde poner la cama en un sitio nuevo deje que un perro elija el suyo y colóquela allí: se evitará enfermedades causadas por las ondas de las corrientes subterráneas». Y me cuenta cómo una entidad bancaria barcelonesa de la calle Balmes recurrió a sus servicios, porque Balmes fue y aún es rambla de desagüe freático y los empleados enfermaban sin saber por qué.

Y sigo en clave canina cuando entrevisto a un gran demógrafo, Darrel Bricker, quien cuenta cómo en sus conferencias siempre hay alguien que proclama que no ha tenido hijos, porque ya hay demasiados humanos que agotan el planeta. Bricker le contesta simplemente que si todos hicieran como él, la humanidad se extinguiría en 100 años. Y debo darle la razón. Tal vez los perros dominen entonces la Tierra.

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