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El auténtico patriotismo

| Actualizado a 12 octubre 2022 06:00
Cándido Marquesán
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Todos los años cuando llega 12 de octubre irrumpe la polémica sobre el concepto de patriotismo. Tal fecha de la fiesta nacional se considera también de la Hispanidad, de la Raza, de la Virgen del Pilar... Me llama poderosamente la atención que el acto más destacado e imprescindible sea un desfile militar, en el que no falta, por supuesto, la Legión, precedida de su mascota «la cabra». A no ser que haya una razón oculta e inconfesable que justifique la presencia del estamento castrense, podrían desfilar en sustitución rotativamente otras profesiones: mineros, médicos, camioneros...

Si algún político no asiste a estos actos se le acusa de falta de patriotismo por aquellos que patrimonializan las esencias patrias. Estos «patriotas» piensan que patriotismo es el envolverse en la bandera y besarla con pasión, el entonar el himno nacional, el festejar la fiesta del 12 de octubre, el presenciar desfiles militares o descorchar botellas de champán con el triunfo de la «Roja». Este es un patriotismo de cartón piedra. Ser patriota es mucho más. A todos estos «patriotas» les dedico las líneas siguientes.

En el artículo El sentido olvidado del patriotismo republicano Maurizio Viroli hace un recorrido histórico para definir tal concepto de patriotismo. Para los teóricos republicanos clásicos, y sobre todo para los romanos, el amor de la patria es una pasión. Se trata de un amor generoso y compasivo por la República y por sus ciudadanos. Para el escolástico Tolomeo de Lucca: «Amor patriae in radice charitatis fundatur». Esto es, «el amor a la patria encuentra su fundamento en la raíz de la caridad que antepone, no las cosas privadas a las comunes, sino lo que es común a lo privado». Para el dominico Remigio de Girolami, el amor a la patria se trata del afecto por una República particular y por unos ciudadanos particulares, que nos son queridos, porque compartimos con ellos cosas importantes: las leyes, la libertad, el foro, las plazas públicas, los amigos, los enemigos, la memoria de las victorias y de las derrotas, las esperanzas, los miedos. Es una pasión que crece entre ciudadanos iguales y no el resultado del consentimiento racional otorgado a los principios políticos de la República en general. Puesto que es una pasión se traduce en acción, y de forma más precisa, en actos de servicio al bien común. Debe tenerse en cuenta que para los teóricos republicanos la caritas reipublicae es una pasión revitalizadora que impele a los ciudadanos a ejercer los deberes de la ciudadanía y que proporciona a los gobernantes la fuerza precisa para acometer las duras tareas necesarias para la defensa, o la institución, de la libertad.

En la Encyclopédie leemos que Patrie no significa el lugar en el que hemos nacido, como cree la concepción vulgar. Por el contrario, significa «estado libre» del que somos miembros y cuyas leyes protegen nuestra libertad y nuestra felicidad. Para el autor de la entrada, el término patrie es sinónimo de república y libertad, como lo era para Maquiavelo y para los escritores políticos republicanos.

El patriotismo es más que envolverse en la bandera y besarla con pasión, ver desfiles militares o descorchar botellas de cava con el triunfo de la «Roja»

En el libro Diálogo en torno a la República que intervienen Norberto Bobbio y Maurizio Viroli, este último nos hace una definición breve pero preciosa, toda una lección de Educación para la Ciudadanía, de la virtud cívica, que es el verdadero significado del ideal republicano del amor a la patria. No la voluntad de inmolarse por la patria. Es una virtud para quienes quieren vivir con dignidad y, sabiendo que no se puede vivir dignamente en una comunidad corrupta, hacen lo que pueden y cuando pueden para servir a la libertad común; ejercen su profesión a conciencia, sin obtener ventajas ilícitas ni aprovecharse de la necesidad o de la debilidad de los demás; su vida familiar se basa en el respeto mutuo, de modo que su casa se parece más a una pequeña República que a una monarquía o a una congregación de desconocidos unida por el interés o la televisión; cumplen con sus deberes cívicos, pero no son dóciles; son capaces de movilizarse con el fin de impedir que se apruebe una ley injusta o presionar a los gobernantes para que afronten los problemas de interés común; participan en asociaciones; siguen los acontecimientos de la política nacional e internacional; quieren comprender y no ser guiados o adoctrinados y desean conocer y discutir la historia de la República, así como reflexionar sobre la memoria histórica.

En otros predomina un deseo estético de decencia y decoro; aún otros se mueven por intereses legítimos: desean calles seguras, parques agradables, plazas bien mantenidas, monumentos respetados, escuelas serias y hospitales de calidad. Algunos se comprometen porque quieren ser valorados y aspiran a recibir honores, sentarse en la mesa de la presidencia, hablar en público y colocarse en primera fila en las ceremonias. En muchos casos los motivos actúan juntos, reforzándose. Esta virtud cívica no es imposible, y todos conocemos personas que responden a esta descripción del ciudadano con sentido de responsabilidad cívica y que sólo hacen el bien a la comunidad y a sí mismos. Estos son los auténticos patriotas.

Personas que responden a la descripción del ciudadano con sentido de responsabilidad cívica y que hacen el bien a la comunidad y a sí mismos. Estos son los auténticos patriotas

Este es el patriotismo verdaderamente auténtico. El otro es de cartón piedra, una perversión. Esa perversión no solo se produce hoy, sino también ha sido una constante en nuestro pasado. Veámoslo.

Según Antonio Machado: «La patria (nación), decía Juan de Mairena, es en España un sentimiento sencillamente popular, del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la menta siquiera». Acierta el poeta sevillano.

Después de 1898 la acción colonial española quedó reducida a África. En la Conferencia de Algeciras se nos concedió un protectorado sobre Marruecos, reducido a unos 45.000 km2, ya que la mayor parte fue para Francia. Nuestra presencia aquí tuvo varios objetivos: estratégico-militares, económicos, compensar las pérdidas del año 1898 y creer que todavía éramos una gran potencia internacional.

La penetración en nuestra zona de influencia fue difícil, sobre todo en la región del Rif, habitada por bereberes, donde estaba el líder Abd-el-Krim. Sufrieron las tropas españolas derrotas durísimas como la del Barranco del Lobo en 1909 o de Annual en 1921. Tras los cañones estaban los intereses económicos. Pablo Díaz Morlán, en su libro Empresarios, militares y políticos destaca que los intereses empresariales empujaron la acción militar de España en el Rif. En concreto los de la Compañía Española de Minas del Rif, fundada en 1908 para la explotación del hierro.

El Gobierno de España puso el dinero, y mucho (5.600 millones de pesetas, entre 1909 y 1931) y el pueblo español los muertos (21.000), por supuesto de las clases humildes, ya que los ricos se libraban con una cuota, llenando las tierras del norte de Marruecos de héroes a la fuerza, y solo un puñado de empresarios, como Romanones, Güell y Zubiría, que jamás pisaron el territorio normarroquí, recogieron los beneficios mil millonarios casi de modo íntegro (2.100 millones de pesetas en seis décadas décadas).

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