Sobre ovejas y hombres: cuando lo que cambia no es el paisaje sino el paisanaje

Más ovinos que humanos sí, pero también niños por todas partes. El enorme esfuerzo fiscal que los islandeses realizan y que hace al país carísimo está destinado, sobre todo, a subvencionar la maternidad

11 agosto 2021 19:00 | Actualizado a 12 agosto 2021 05:43
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Conduzco estos días por Islandia con un pensamiento recurrente: es imposible encontrar un territorio más distinto del nuestro que estos fiordos volcánicos, geiser, glaciares inmensos y brumas árticas. Pero, aún más que el clima y el paisaje, lo que nos hace diferentes es el paisanaje, el paisaje humano: veo más ovejas que personas -hay el doble de ovinos islandeses que de humanos, sí-; pero también niños por todas partes, muchos niños.

Y es que el enorme esfuerzo fiscal que los islandeses realizan y que hace al país carísimo está destinado, sobre todo, a subvencionar la maternidad y no tanto la familia. Casi el 60% de las madres islandesas son solteras y muchas de ellas viven simplemente de serlo gracias al generoso sueldo que reciben del estado por cada hijo que traen al mundo.

Las socialdemocracias escandinavas han ido siempre veinte años por delante de nosotros en la adopción de políticas sociales para la prosperidad compartida. Y, entre ellas, estuvo en los años 60 y 70 la planificación familiar y el uso masivo de la píldora mientras aquí triunfaba «la Gran Familia». Los islandeses, que ya eran apenas doscientos mil, dejaron de tener hijos y envejecieron.

Cuando nosotros decidimos dejar de tener muchos hijos, ellos se dieron cuenta de que el frenazo demográfico amenazaba su futuro y lanzaron un programa de subvenciones a la maternidad, y de impuestos para pagarlas, que llegó a su punto álgido cuando en el 2017 ofrecieron 1.800 euros al mes a quien se casara con una madre islandesa. Fue un fracaso, porque las mamás ya cobraban más en subvenciones y no parecían interesadas en soportar a ningún marido.

Catalunya, que había tenido siempre una natalidad inferior a la de los demás pueblos peninsulares, acogía miles de inmigrantes. Y en ese punto de crisis demográfica los pueblos suelen plantearse su supervivencia apostando por la genética -Catalunya somos los nacidos aquí y nuestros descendientes- o por la cultura, lengua y valores propios, sea cual sea el origen de quienes los encarnen.

De ahí que Jordi Pujol, durante sus 23 años de presidencia, se obsesionara por la demografía, que no es sino el futuro de las naciones. Y tuviera que elegir entre subvencionar los nacimientos de los ya catalanes o dedicar los recursos a la cultura y la lengua catalanas para todos los que trabajaban y vivían en Catalunya. Digamos que o financiar TV3 y todo un establishment cultural o pagar a las madres catalanas por tener más hijos catalanes.

La izquierda, escarmentada por el natalismo franquista, veía, al contrario que la escandinava, que el futuro de Catalunya no estaba tanto en los apellidos catalanes como en la cultura y la lengua hablada por cualquiera que la hiciera suya. Y sobre ese pacto se construyó el consenso lingüístico del pujolismo que aún asegura la pervivencia del catalán.

Lo que me pregunto ahora, conduciendo por los fiordos hacia Husavik, es si volveremos a imitar a los escandinavos con veinte años de retraso y nuestra izquierda se convertirá al natalismo y subvencionará los nacimientos o si nos mantendremos en lo que me han venido repitiendo los demógrafos: da igual si los apellidos son catalanes, españoles, árabes, rumanos o indochinos, porque lo importante son los valores que nos han hecho quienes y como somos.

Pero si miro a nuestros vecinos, Francia nos indica un camino más cercano al de los islandeses que el nuestro: tienen una tasa de natalidad un 43% mayor a la nuestra gracias a subvenciones por hijo de alrededor de 400 euros al mes que aquí ni se sueñan. Así que lo más probable es que para el catalán del futuro lo de menos sean los apellidos.

Lluís Amiguet es autor y cocreador de ‘La Contra’ de ‘La Vanguardia’ desde que se creó en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el ‘Diari’ y en Ser Tarragona. Su último libro es ‘Homo rebellis: Claves de la ciencia para la aventura de la vida’.

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